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La consumación del golpe blando en Brasil


El pueblo en Brasil está desorganizado desde 2013, cuando la rebelión popular no resultó en un proyecto de mayoría apuntando salidas más allá del juego de las urnas burguesas.

Bruno Lima Rocha, 03 de octubre de 2016

A finales de la mañana e inicio de la tarde del miércoles, 31 de agosto de 2016, Brasil asistió por la televisión abierta y cable, la destitución de la presidente Dilma Rousseff. La presidente fue alejada del cargo con poco más de un año y medio transcurso de su segundo mandato. La traición tuvo cómo uno de los ejes el propio vice presidente, Michel Temer, electo y reelegido junto a Dilma, con la bendición de Lula y de la directiva nacional del Partido de los Trabajadores (PT). En este breve texto, traigo algunas evidencias, categorías y debates los cuales entiendo como urgentemente necesarios.

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El Impedimento Consumado

Por 61 votos a favor y 20 contrarios en Senado, el gobierno de Dilma Rousseff en su segundo mandato fue concluido. Así, está consumada la doble traición. La primera derrumba un gobierno electo; la segunda traición es el precio que la ex-izquierda está pagando por confiar en oligarcas. Del lado opuesto, los vende patria conmemoran.

En el momento de la defensa de la preservación de los derechos políticos de Dilma Rousseff, el senador Lindbergh Harías (PT del estado de Rio de Janeiro) estuvo milagrosamente correcto en la analogía. Los golpistas parlamentarios de 1964 – aliados de los EEUU y sus militares traidores conmemoran. En la ocasión, Auro de Moura Andrade, entonces presidente del Senado, declaro vacante la Presidencia de la República, aunque el presidente legítimo João Goulart todavía estaba en suelo brasileño. Andrade puso en el cargo de Presidente provisorio al diputado federal Ranieri Mazzilli. La maniobra asquerosa fue aprobada por la Suprema Corte de Brasil (STF). En aquel año, el mariscal Castello Branco, primer presidente castrense del régimen militar fue indicado por Lincoln Gordon. Washington,  en 1964, envió una parte de la 4ª Flota para la costa brasileña. En 2016 no fue necesario, considerando la operación de un golpe blanco con aval del parlamento, a ejemplo del golpe paraguayo. Hay una semejanza. Como en 1964, el pueblo no fue convocado a resistir. En 1964, porque el populismo no quiso confrontar con el riesgo de una guerra civil.  En 2016, porque el lulismo siquiera consigue o quiere ser populista.

El senador Lindbergh Farias, que tiene boca larga y habla demasiado, fue muy feliz en la comparación. Del otro lado, discursando a favor de la casación de los derechos políticos de Dilma, la senadora Ana Amélia (Partido Popular del Rio Grande del Sur, equivalente a un ala de la derecha agraria) dio el tono de la absurda noción liberal conservadora.  Según ella, viuda de un senador indicado por la dictadura, hubo legalidad institucional para proceder en el rito, y basta. Si la suma de votos de electores para senadores y diputados no llega ni cerca de los votos directos para la Presidenta, no importa. La noción exacta es de golpe parlamentario. Dilma y el lulismo perdieron base en el Parlamento y apoyo de los empresarios. Luego, con un proceso legal más que dudoso, desde que de acuerdo con el rito, tiene que salir. La idea de fondo es esa. Dentro del posibilismo, los grupos de intereses “prudentemente” deben ir intentando alguna ventaja mínima a través de los arreglos institucionales de los Estados post-coloniales. Si es legítimo o no, importa poco o nada; vale que parezca legal, nada más.

 

No fue por falta de aviso: el epílogo del segundo gobierno Dilma y la melancolía de centro-izquierda

La presidenta depuesta Dilma Rousseff fue “traicionada” por un oligarca, Michel Temer. Ese fiscal y abogado tieneorígenes en el grupo político del fallecido Adhemar de Barros, ex-gobernador de São Paulo y apoyador del golpe militar en 1964. Considerando su trayectoria en el nacionalismo de Getúlio Vargas, Dilma debería saber con quién se estaba metiendo. Consumada la farsa de la farsa, hubo la victoria de la Operación Café Filho. Tal como en agosto de 1954, cuando la presión de la derecha liberal y pro EEUU lleva a que Getúlio Vargas cometiera suicidio, conduciendo a un mandato tampón al entonces vicepresidente Café Filho. Este fue parte del complot y una vez en el Poder Ejecutivo hizo todo lo que la Embajada del Imperio quería. Ahora, la historia se repite otra vez más.

Consumado el golpe, Dilma Rousseff vestía rojo en su último discurso.Hubo rabia y llanto, pero el momento fue melancólico. La ex-izquierda fue destituida del Poder Ejecutivo sin siquiera arriesgar una plataforma de gobierno con el pueblo en el protagonismo. Tampoco hubo una convocatoria a un alzamiento ni nada semejante.  Entraron al Poder de Estado a través de las urnas burguesas y por las mismas reglas – aunque burladas – fueron excluidos.

En Brasil si habla francamente de golpe paraguayo, pero sin una masacra como la de Curuguaty. La alianza de golpistas por la vía parlamentaria fue con sospechosos y blancos de investigación federal en la Operación Lava Jato (una causa gigantesca observando hechos concretos de corrupción en empresas estatales, incluyendo Petrobrás y con ramificaciones políticas y en grandes corporaciones privadas). Para mantener las buenas apariencias, el golpe vino a través del rito y manto de la “legalidad”, por la farsa jurídica y un impedimento de la Presidenta sin mérito de crimen de responsabilidad pública. Brasil asistió al peor de las estructuras de poder nacionales, en vivo y en colores. Somos conocidos como la república de los licenciados; y como tal, todo termina con las ilusiones legalistas de la centro-izquierda.

Al dejar el Palacio del Planalto (sede del gobierno nacional), Dilma pronunció un análisis parcialmente correcto. La expresidenta dijo que “existe una dimensión sustantiva del Golpe, en la agenda regresiva de derechos colectivos y un avance represivo bajo una apariencia de “legalidad”. Todo correcto, pero sin “sorpresas”.

Nada vino por casualidad, incluyendo la baja capacidad de respuesta. Los lulistas y afines rasgaron el manual de la política y pactaron con quien no presta sin tener un machete largo y con hilo para garantizar que los pactos se respetan. No hay como hacer acuerdo con oligarcas sin tener una amplia base popular, movilizada, y no en casa reproduciendo comportamiento despolitizado.

Brasil es un país cruel. Se destituyeron a un dictador positivista (Getúlio Vargas), llevándolo al suicidio en 1954, porque no destituirían una keynesiana de centro (Dilma Rousseff) en 2016?! Sólo la criminal ilusión e inocencia política podrían hacer creer el contrario.

 

Aplicando una categorización del momento vivido

Como decía el militante uruguayo Raúl Cariboni: “para pensar bien hay que elegir las categorías correctas.  Para esto sirve la teoría”. Luego, hay que buscar un esfuerzo por categorizar lo que está ocurriendo en Brasil. Primero, si trata de una disputa intra élites, cuando una élite dirigente está siendo destituida del poder burgués – aunque jurídicamente legítimo – por un nuevo arreglo de posicionamiento de las élites políticas mayoritarias y sus respectivas representaciones de clase dominante. El pueblo en Brasil está desorganizado desde 2013, cuando la rebelión popular no resultó en un proyecto de mayoría apuntando salidas más allá del juego de las urnas burguesas. En ese año, había un proyecto consecuente de reforma política, con el quinto ítem volcado a la democracia participativa. Habría millones en las calles, pero el PT no llegó ni siquiera a un acuerdo en el parlamento para votar la materia. Pasó la oportunidad y la derecha neoliberal ganó la delantera.

El gobierno que está siendo derrumbado no es de izquierda, siquiera es de centro-izquierda o populista. Tiene a lo sumo, trazos de nacionalismo autónomo. Con su destitución, la base del modelo de crecimiento liberal-periférico va a profundizarse después de la posesión definitiva de los interinos golpistas, recolocando lo Brasil en el Sistema Internacional, aumentando el grado de servidumbre al Imperio y al “occidente”, acortando los márgenes de maniobra. Hay, por desgracia, un discurso de legitimación que viene del Ministerio de Relaciones Exteriores del gobierno diciendo que “ya basta de aventura bolivariana, hay que posicionar Brasil como siempre fue, en el eje del occidente”. Abiertamente hablan de cesión de derechos de explotación de la camada de petróleo del pre-sal así como hacen elogios para el modelo de la Alianza del Pacífico. En términos internacionales, es un completo desastre.

En el escenario doméstico, la meta estratégica de quien está golpeando y volcando la mesa – repito, por aplicar un impedimento aparentemente legal, pero sin mérito evidente – es destrabar la libertad absoluta de capital. Entre estos capitales, hay una preferencia de los golpistas por el capital transnacional, en segundo plano al capital asociado, y después el empresariado nacional. La meta común es ir disminuyendo tanto el papel del aparato de Estado en la organización del capitalismo interno como también en las reglas de regulación y protección sociales, laborales y en los derechos de cuarta generación. O sea, justo la base de la Constitución Federal de 1988, conocida como Constitución Ciudadana.

Concluyendo, consumado el golpe semiparlamentarista, está abierto el camino para una amplia revisión constitucional en el sentido a la derecha, aplicando una agenda regresiva, de pérdida de condiciones de vida, retomando el restablecimiento (neo)liberal de la década de ’90 del siglo XX. Recordando que esta década que fue aún más perdida del que la de ’80.

 

El debate estratégico que cabe hacer. ¿Cual ‘lugar a ser construido’ las izquierdas van a escoger?   

Delante de esta melancólica derrota política y con la traición de la traición, entiendo que es necesario entrar en temas de fondo, en debates de tipo estratégico. De forma directa, cabe preguntar. ¿A cual utopía la centroizquierda latinoamericana escoge o escogerá a partir de ahora? ¿Va a seguir en la apuesta infundada en el “perfeccionar de las instituciones” y esperar cada 20 o 25 años un nuevo ciclo de volcada de mesa por dentro del poder burgués compartido y bajo la influencia directa e indirecta del Imperio?

¿O va a intentar ayudar crear un poder del pueblo organizado que, aunque conviviendo en democracia indirecta y representativa, va a estar de guardia alta y permanente para no dejar la mesa volcar de forma tan simple retirando derechos conquistados?

Vale entender un poco de estrategia para fundamentar la teoría y las elecciones políticas: “El objetivo finalista subordina el método según sus condicionalidades”, Ese concepto operacional es de un general de derecha, un artífice del golpe militar en 1964, el genio de la inteligencia castrense en Brasil, el general Golbery de Couto y Silva. Sería bueno aprender como la derecha se mueve para poder contraponer estos movimientos. En el nuevo ciclo de golpes – ahora blancos – en América Latina, tenemos algunas victorias de la derecha. Luego, cabe preguntar sinceramente: ¿cómo resistir a estos golpes? ¿Más, y cómo es posible intentar resistir sin dejar la sociedad en estado casi permanente de movilización?

Interpretar esta nueva-vieja condición de nuestras sociedades latinoamericanas es fundamental para los próximos años en todo el Continente.

 






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