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Y la incapacidad de poder de veto de los movimientos populares


Así, no caemos ni en la tentación conciliadora y tampoco en la autoritaria. Pero, tener razón política es poco delante del desafío que está por el frente.

18 de abril de 2016, Bruno Lima Rocha

Este texto es más una reflexión en conjunto, que necesariamente un análisis de coyuntura. Traigo la propuesta de que dejemos de lado los cánones de la democracia liberal y de procedimientos, pero tampoco vayamos a caer en la ceguera política, de que lo económico determina todo. Debemos llevar en cuenta, una forma de pensar en  la disputa de poder, recursos y legitimidad en Brasil, que sean de una forma compleja. O sea, hacer política en la sociedad brasileña ganó madurez en el mecanismo democrático formal, pero sigue siendo en Brasil y en América Latina, y en la limitada disputa de poder, dentro de un marco de capitalismo liberal-periférico, como sociedad, tenemos limitaciones en cuanto a profundidad de esta disputa.

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Definitivamente no se puede “acusar” el actual gobierno y menos aún el fenómeno, ya tan estudiado del lulismo de haber aumentado la lucha de clases, la lucha popular o cualquier tensión entre clases y pueblo en Brasil para con el piso. Por el contrario, insisto que si yo fuera derechista, si yo fuera líder empresarial, sólo votaría por Lula, apoyaría las campañas del Campo Mayoritario (el nombre cambió, pero el concepto y el bloque de hegemonía interna en el PT son los mismos) y apoyaría el juego del gana-gana del gobierno. El problema reside justamente ahí. Después de 14 años al frente del Poder Ejecutivo, sentado encima de más del 40% del PIB de Brasil, o sea, de casi la mitad de la décima economía del mundo (por cálculos de aproximación), los gobiernos petistas aumentaron poco o nada el poder político de las clases populares en Brasil.

Si por un lado mejoró y en proporciones considerables nuestro patrón de vida, por otro, el tipo de alianza no trajo acumulación de las fuerzas políticas que llevaron el PT al gobierno y Lula a la Presidencia de una manera tan grande que él consiguió indicar la sucesora y esta se reeligió.

No se trata de un manual de política o radicalidad libresca, pero el hecho inequívoco es que no se puede gobernar con la derecha a menos que este gobierno realmente haga este cogobierno bajo presión de las bases sociales, amenazando al piso de cima que toda la casa puede venir a caer si el “líder carismático” use de su poder de convocatoria al frente del Estado Nacional para, en nombre del pueblo, manipular las ganas de las mayorías de modo a asegurar conquistas y colocar contra la pared los sectores anti-nacionales, sean ellos llamados de entreguistas, vende patria, “coxinha”, gorila o vende patria. Eso es literalmente lo que el chavismo hace en Venezuela, con o sin Chávez y lo que Perón hizo en la Argentina, siendo que en el país vecino, el peronismo que es aún reivindicable es sin Perón y tal vez con Evita.

Así lo que hubo de alguna osadía en el sentido de “disgustar” el piso político de Brasil y sus socios mayoritarios en el exterior, tal como desaprobar la agenda de la embajada de los EUA para nuestra política interna, si hubo algo mínimamente interesante fue la llamada Nueva Matriz Económica, llevada a cabo por el ex-ministro de la Hacienda Guido Mantega (execrado en el volcada en el segundo gobierno de Dilma Rousseff) y antes en la brevísima pasaje al frente del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) del profesor de economía Carlos Lessa. O sea, en Brasil, basta ser keynesiano que la estupidez de la derecha y el pánico de la ex-izquierda ya lo hace una persona “peligrosa” para el pacto de clases.

Este pacto fue roto porque, desconociendo las reglas más simples de la política, el lulismo (con Lula y ahora Dilma al frente, incluyendo los dirigentes de primero escalón del PT, con José Dirceu y Antônio Palocci incluidos), no había ninguna forma de coacción o poder de veto popular para las tentativas de golpe de una derecha brasileña cuyo agente económico ni siquiera es o consigue ser nacionalista. Todo estudiante de primer semestre de política sabe que un contrato tiene cláusula de rotura; y que pacto se fía en el hilo de la espada. “El pacto sin una espada afilada, no pasa de una peligrosa conversación, de ridícula estupidez.” Pues así que, creyendo en el propio grupo, el lulismo, el trabalhismo y los ex-estalinistas, formateados en una especie híbrida de neo-varguismo del siglo XXI, hicieron todo al contrario del que deberían en el sentido de asegurar y ampliar el poder organizado del pueblo delante de las élites de tipo colonial-burgués.

No da para admitir del punto de vista lógico y menos aún estratégico este tipo de falta de atención. Eso sólo puede ser respondido interpretando ideológicamente, el tipo de mentalidad de no conflicto que nace en el reformismo más blando y va ganando terreno, en el sentido de creencia de una ex-izquierda que necesita creer en algo infundado, como el pacto de clases con quién es clase dominante en Brasil, pero sirviente a los EUA y a los países anglo-sajones y europeos en escala mundo, y que aquí en el país, esta misma versión brasileña de los escuálidos no quiere abrir mano de nada o casi nada.

No adelanta afirmar que ellos – la derecha económica e ideológica – son irracionales porque su racionalidad es de otra orden. El problema continúa siendo, tal vez, en subestimar de la categoría ideología como factor explicativo para el comportamiento de los agentes (políticos y económicos) y, dentro de esta categoría, el papel de las industrias de medios masivos para generar los polos de debate y marcar el sentido común. Investigación científica para eso no falta, lo que falta es mentalidad estratégica aún.

Me quedo bien  y tranquilo para hacer esta crítica, pues estoy organizado en un sector mucho más a la izquierda y pleno de democracia interna. Así, no caemos ni en la tentación conciliadora y tampoco en la autoritaria. Pero, tener razón política es poco delante del desafío que está por el frente. La caída del lulismo va a implicar el aval para la ex-base aliada hacer sin pudor o vergüenza lo que venía ejecutando la cuenta-gotas desde la reelección de Dilma.

Aplicaban políticas regresivas, hasta porque el austericídio venía del Palacio del Planalto (sede del Poder Ejecutivo), gobernando con las políticas del adversario y bajo la batuta de un Chicago Boy del Bradesco (Joaquim Levy, ex-ministro de la Hacienda y antes ex ejecutivo del mayor banco privado del país, ahora en el Banco Mundial, un puesto de premio por sus servicios ); una vez consumado el golpe paraguayo, van a aplicar un rollo compresor para aprobar el paquete de leyes regresivas (anti pueblo) que retiran nuestros derechos en todos los niveles en plena “democracia” liberal de procedimientos.

Vale al menos la lección, de que no se puede confiar de forma alguna en el enemigo de clase y menos aún delegar la representación y la conducción política para élites de dirigentes profesionales que volcaron el hilo de la lucha popular prefiriendo el pacto del mal más pequeño a intentar ejercer el poder para y en nombre de la mayoría. Afuera de la lucha de los pueblos de Latinoamérica por el poder de la mayoría, todo es peligrosa y pasajera ilusión.






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