Bruno Lima Rocha es politólogo, docente universitario y periodista; militante libertario, actúa y vive en el sur de Brasil
 
La semana pasada, el país temblaba frente al uso indiscriminado de los pasajes aéreos de los congresistas para fines particulares. La situación es tan crítica que la prensa comercial ha descubierto una mafia de venta privada de pasajes pagos con el Tesoro Nacional, con dinero del presupuesto de la Cámara de los Diputados. Sinceramente, nada de aquello era novedad para los alfabetizados en la política brasileña. Aun así, una inmoralidad sólo se hace escándalo cuando es ampliamente divulgada. O sea, aportando teoría, un hecho concreto se hace hecho político a través de la creación de un hecho mediático. Como toda institución, la solución fue entregar los anillos para no arriesgar perder los dedos.
En el medio de la tarde del martes 28 (de abril de 2009), los diputados encontraron la salida al aplicar la regla entre los cardenales, disciplinando al bajo clero. La cámara baja de la república brasileña se movió con agilidad por el instinto de preservación. La instancia política usada fue el Colegio de Líderes sumado con la Mesa Directiva de la casa, dirigida por el hábil y experto Michel Temer (PMDB de São Paulo, un político que apoya el ala de Serra). Si por un lado los liderazgos de la Cámara tomaron por fin una actitud de disciplina, por otro, privaron a los electores del Brasil de poder ver las entrañas de la política brasileña.
 
La amenaza de rebelión vendría de los parlamentarios con poca notoriedad, sumados a algunos bien conocidos, intentando presentar enmiendas que preservaran el “derecho” de sus parientes directos a viajar financiados por el contribuyente. Es obvio que la mayoría de los brasileños está contra este abuso. Pero, tengo la certeza que esta votación en un plenario sería muy interesante de ver. Con el acuerdo de los líderes y de la Mesa, quedamos privados de asistir un debate sincero. Sería la materialización del concepto, cuando la base moral de la plutocracia va al encuentro del discurso político que intenta fundamentarlo. El elector perdió el espectáculo de ver a su representante en lo alto de la tribuna, gastando latín en la defensa de un interés personal.
 
Pero, como es característica de la política brasileña, la transparencia vino por la mitad. Según las nuevas reglas para pasajes aéreos, cada mandato debe publicar los gastos de pasajes en Internet en el plazo de 90 días. Esto no tiene sentido. ¿Porque estipular un plazo de divulgación cuando cualquier desarrollador mediano puede crear un mando de doble registro? ¡De tan simple llega a ser ridículo! Bastaba aplicar una herramienta simple para que, al lanzar el gasto de emisión de un pasaje, simultáneamente este coste apareciera en una tabla diaria de viajes y emisiones, con acceso universal a través del portal de la Cámara de los Diputados. Personal capacitado para eso la Cámara tiene de sobra.
 
Por lo tanto, habiendo recursos y mano de obra, no hacer lo obvio es una decisión política.
 

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