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¿Encuentra algo para festejar un argentino en este bicentenario de la Patria?

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Si no los argentinos no asumieren sus problemas y falencias, no podrán seguir esperando que los políticos lo hagan por ellos, porque ya tuvieron doscientos años y miraron los nefastos resultados.

20 de mayo, desde la Argentina, Román Valente

No todos los días un país festeja sus primeros doscientos años de “independencia”, entonces este 25 de Mayo debemos como ciudadanos adoctrinados al sistema que somos, ponernos la escarapela, ir a misa bien temprano, escuchar el sermón del padre, y pedirle a Dios que nos guíe, para que todo ese glorioso día podamos festejarlo en paz y armonía.

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Las familias más adineraras antes de ir a misa y más tarde a los festejos, disfrutarán de un suculento desayuno en sus hogares, servido en sus elegantes mesas por sus explotadas mucamas, antes de salir de sus acogedoras y calefaccionadas casas.

Los oficiales en sus cuarteles se levantarán más temprano que de costumbre, y al alba, estarán compartiendo un chocolate con los soldados, eso sí, sólo dos veces en el año, porque el resto de los días tienen que hacer respetar sus jerarquías.

Aquéllos con recursos más escasos, es decir la clase media, que tienen su negocio o su fabriquita, quienes pudieron hacerse la casa y comprarse un auto bueno, también explotando a sus empleados u obreros, imitando como es su costumbre, a los muy adinerados de la clase alta, harán más o menos lo mismo que ellos, quizás con la diferencia de que en lugar de la mucama el desayuno se lo sirva la esposa.

Hasta aquí tendremos, a ojo de buen cubero, un treinta por ciento de la población de la Patria. El resto y sin diferenciación de niños, niñas, o adultos, saldrán de su humilde ranchito de chapas, cartón y sin calefacción, con la panza vacía, como todos los días a tratar de traer algunas monedas en su aventura diaria para poder comer.

Esta última es una gran razón para no poder festejar absolutamente nada.

“A La cultura hay que cuidarla”, pero con tantas necesidades que poseemos millones de argentinos tenemos la obligación de fijar prioridades.

El edificio del Cabildo se verá imponente después de su restauración preparada para esta fecha. Según dice el cartel que puso el estado en su fachada, la obra tuvo un costo, nada menos, que de tres millones de pesos argentinos, es decir, el equivalente a 200.000 platos de comida con un costo de $15.- cada uno, con los cuales se podría comenzar a paliar el crimen del hambre que padecen muchos sectores de la población de nuestro país; gracias al proyecto “nacional y popular” llevado adelante por nuestra presidenta Cristina Fernández, que no es otra cosa que la continuación de este sistema desigual y macabro que manejaron colonialistas y genocidas españoles, más tarde unitarios conservadores neoliberales o federales, falsos nacionalistas peronistas, y como vagón de cola los inoperantes radicales que aún hoy no encontraron su identidad política, de los cuales fuimos y somos víctimas los ciudadanos en estas tierras desde hace más de quinientos años y hasta nuestros días.

Por otra parte el antiguo edificio del Correo Central será a partir de este 25 de Mayo de 2010 glorioso, un inmenso centro cultural donde el estado financió una obra millonaria de aproximadamente ochocientos millones de pesos argentinos, anunciada en 2007 por el poder ejecutivo nacional. Me pregunto: ¿algunos platitos más de comida, se podrían adquirir con esta cifra?

En otro sector de Buenos Aires, más exactamente el bastión de la oligarquía argentina y el nunca bien ponderado Teatro Colón, ya estará listo para su reinauguración, gracias a nuestro “inmejorable” Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, quien le quita día a día el sustento a los barrios más humildes de la ciudad, para financiar esta obra. Y allí estarán, con sus zapatos llenos de betún, al borde de las aceras de dicho teatro, con sus elegantes autos importados, y sus puertas traseras abiertas por algún mendigo, para permitir a sus elegantes dueños, bajar con elegancia, a asistir a la elegantísima celebración.
En la Plaza de Mayo o en la Avenida 9 de Julio, los desfiles brillarán aplaudidos desde los costados por el pueblo, que nunca supo de que se trató, ni de que se trata hoy, pero ellos, guiados por esta gran democracia aplaudirán el resonar de las botas militares en el asfalto.

Creyendo que con esta actitud están defendiendo a la δημος demos, que quiere decir en castellano: pueblo, y Κράτος kratos, que significa poder o gobierno, es decir democracia. Este mismo pueblo que cómodamente cree que la democracia es ir a un colegio una vez cada dos años a poner su voto en una urna y después olvidarse del asunto por los próximos dos años.

Si miramos estos últimos doscientos años ¿Qué encontramos para festejar?

Por ejemplo, que lo único que quedó de Los Incas, una de las civilizaciones milenarias y propietarias originales de estas tierras, como célebre homenaje de los “independentistas”, ya unitarios y vende Patria de la época, sólo el sol Inca en nuestra bandera, y alguna avenida que lleva su nombre.

Que jamás escucharon a Manuel Belgrano, que murió en la pobreza absoluta, y que José de San Martín tuvo que enviarle una carta a Godoy Cruz, presionando para que de una vez por todas se declare la independencia. Porque había muchos traidores que por intereses propios querían continuar siendo colonia de los genocidas españoles y de Fernandito. O que el mismo San Martín termine traicionado por Rivadavia y Mariano Moreno asesinado por Cornelio Saavedra.

Festejar que a todos aquellos hombres que quisieron llevar adelante un verdadero país libre terminaron asesinados, por los vende Patria unitarios, como por ejemplo el despiadado crimen de Dorrego llevado a cabo por Lavalle en el año 1828. O que más adelante un federal, de nombre Juan Manuel de Rosas comenzara con el genocidio a los indígenas, que terminaron con todo éxito los unitarios Avellaneda y Roca décadas más tarde.
En medio de esos años otro unitario y ex presidente de nombre Bartolomé Mitre, envió encadenados a los gauchos criollos, a matar a los hermanos paraguayos.

Tampoco debemos olvidarnos de “el gran maestro argentino” Dominguito Sarmiento, escribiendo en el diario Mercurio de Chile, que La Patagonia Argentina debía ser de los chilenos. Y mandando a asesinar a todo aquél que tuviera rasgos de gaucho o indígena, a posteriori ya, en su gestión presidencial.

Pero en el siglo XX quizás encontremos algo para festejar.

Recuerdo a La Patagonia Trágica, de la que tanto nos enseñó el escritor Osvaldo Bayer y la semana trágica en manos de Radicales. La primera década infame conservadora. Y, por otra parte el tristemente célebre Quebracho, reflejado en el libro Las Aguas Bajan Turbias.

Un personaje con grado militar de coronel, adiestrado en la Italia fascista de Benito Mussolini, de nombre Juan Domingo Perón, pareció ser la salvación de las clases trabajadoras, pero lamentablemente no dio su vida por el soberano, sino que por el contrario lo abandonó y se escondió en un barco paraguayo a la vera del Río de la Plata, para salvarse, sin importarle los muertos del pueblo, que dejaría el grotesco bombardeo a la Plaza de Mayo perpetrado por los conservadores, del cual Perón, ya con grado de general y aún presidente de la República tenía información previa y no alertó a su “amado” pueblo. Y los unitarios conservadores realizaron así, un nuevo y anticonstitucional golpe de estado. A cual peor de ambos.

Cabe recordar que anteriormente la señora esposa de Perón y Primera Dama, de nombre Eva Duarte de Perón y apodada “La abanderada de los humildes”, le regalaba máquinas de coser y otros elementos para ciudadanas de bajos recursos, con la condición sine qua non, que fueran peronistas.

A los que no se sumaban a esa agrupación política, los llamaba “perros que ladran”. Más allá de ser también de clase baja o trabajadora. Evita también construyó su propia fortuna personal y entre otras exclusivas y costosas joyas, poseía un prendedor realizado con diamantes y zafiros que formaban la bandera Argentina, el cual aún hoy existe y se subastó hace poco tiempo, con un valor de novecientos noventa mil dólares; y como no podía ser de otra manera, la primera Dama y jefa espiritual de la Nación, vestía lujosos tapados de zorro natural y hasta llegó a hacerse un vestido bordado en oro, para asistir a la función de gala del teatro de la oligarquía, es decir el Teatro Colón.

Y los humildes… siguieron siendo por siempre humildes.

A lo largo de ese siglo XX problemático y febril, encontramos también más de una docena de golpes de estado conservadores, llevados a cabo siempre con el equipo cívico, ruralista, empresarial, militar y Católico Apostólico Romano. Todos estos hechos (y no por casualidad), siempre fueron en desmedro y genocidios de las clases trabajadoras.

Festejar que la educación en las escuelas públicas y privadas en todo el país estuvo plagada de mentiras.

Que entre otras falacias nuestras maestras, respetando el programa oficial, de segundo y tercer grado nos enseñaron que “Américo Vespucio y Cristóbal Colon fueron grandes héroes que vinieron a descubrir América”, en lugar de decirnos la verdad. Que estas tierras ya estaban descubiertas y pobladas en forma lícita, donde vivían millones de personas desde hacía miles de años.

Que Vespucio y Colón fueron dos genocidas, al igual que todos los colonizadores, piratas y ladrones, procedentes de Inglaterra, Portugal, España y Francia, que vinieron después (y aún hoy están en América Latina), a asesinar a más de ochenta y cinco millones de “indios” (como despectivamente los llamaban) a nuestros queridos Indígenas, que poseían sus propias tierras, riquezas, comunidades, religiones y culturas milenarias. Que a lo largo de cinco siglos estos depredadores foráneos hicieron desaparecer de la faz de nuestra tierra, a civilizaciones enteras y que saquearon y robaron, llevándose a sus países todos los metales preciosos como el oro, la plata y a los pocos habitantes de los Pueblos Originarios que dejaron con vida, los esclavizaron, los llenaron de enfermedades y violaron a sus mujeres, etc.

No puedo festejar esta educación que me dieron en los primeros años de mi vida en Argentina.

Mejor vamos a buscar alguna razón en las últimas cuatro décadas y en el presente para festejar nuestro bicentenario.

30.000 desaparecidos gracias al terrorismo de estado en los años setenta del siglo XX, perpetrados por la última dictadura de los genocidas Jorge Rafael Videla y La Sociedad Rural Argentina, con la disimulada pero certera participación y complicidad de La Iglesia Católica Apostólica Romana. Y… Ni hablar de Malvinas.

Después de ello la hiperinflación que arrasó con los salarios de los trabajadores y flacidez a la hora de detener el avance de la Sociedad Rural en contra de su gobierno, del ahora mal llamado “padre de la democracia”, Raúl Alfonsín. Que lo único que hizo más o menos bien en su gobierno, fue juzgar y encarcelar a los genocidas de la última dictadura, más tarde indultados por Carlos Menem. Alfonsín poco después empañó la valentía de ese juicio, con las leyes anticonstitucionales de Obediencia Debida y Punto Final; que dejo en libertad a miles de torturadores.

Sigo buscando razones para festejar y me encuentro con el fiel reflejo en Argentina del neoliberalismo internacional, que llevaron a cabo Carlos Menem, junto con otro Dominguito unitario, esta vez de apellido Cavallo, en la segunda década infame, llenando las calles de desocupados y las puertas de las embajadas extranjeras de ciudadanos que querían emigrar y escapar del país. Y de la entrega de todos los recursos naturales de Argentina y medios de comunicación a empresas imperialistas multinacionales y cipayos locales y endeudando al país en aproximadamente ciento noventa mil millones de dólares, sobornos de por medio, en complicidad con el Fondo Monetario Internacional, arrastrando así, a la Argentina, a la mayor debacle socioeconómica de su historia.

Podemos festejar que nadie les haya consultado a los pueblos originarios o sus descendientes, que son la gran mayoría de los ciudadanos argentinos, si estaban de acuerdo con que la figura del genocida Julio Argentino Roca esté en el billete más importante de nuestra moneda gracias al menemismo.

De inmediato y siguiendo al brutal Carlos Menem y su gleba de traidores a la Patria, cayó un “Chupete” Radical, que sin capacidad, quiso imitar las políticas menemistas, con el aporte de Cavallo, (el mismo del menemismo) e hicieron volar por el aire todo lo que tuvieron a su alcance. Y en esa explosión veintiocho ciudadanos fueron fusilados en plena “democracia”.

A ver en esta última década qué tenemos para festejar: un gobierno de la misma bandera y política que la del menemismo, pero con el agregado de otros matices que intentaron e intentan engañar al pueblo diciendo que son nacionalistas y populares.

Resaltar la política de Derechos Humanos del Kirchnerismo es mi obligación, aunque se lleva a cabo con demasiadas trabas y en forma muy lenta. Parece que les estuvieran dando tiempo a los genocidas para que se mueran.

Y qué más…? Que los niños argentinos continúan muriendo todos los días por el crimen del hambre y otras razones evitables que permite este gobierno. Que los recursos naturales continúan en las mismas manos en que las dejó el menemismo y Dromi. Que aún hay altísimos índices de pobreza, indigencia y desocupación; que nunca llega la mejora en la distribución de riquezas tan prometida por Cristina Fernández. Que el estado subvenciona a las grandes empresas para que sus inversores foráneos se sigan llenando con el dinero de nuestro pueblo, sus ya obesos bolsillos. Y nuestros queridos abuelos, es decir, los trabajadores pasivos argentinos, indefensos continúen cobrando sueldos de hambre.

En verdad no encuentro razones para festejar este bicentenario.

Más conveniente, a la hora del recuento histórico, sería intentar resolver los miles de problemas que nos acosan, porque ya tenemos la irrenunciable obligación de solucionar desde las bases del pueblo mismo, que debemos tomar genuina conciencia ciudadana, crear asambleas populares y participar en forma multitudinaria en ellas, en todo el territorio nacional, para decidir qué modelo de país queremos y cuál va a ser nuestro futuro y el de nuestros hijos.

Terminar con la despiadada injusticia que, al mismo tiempo le permite a un ciudadano argentino poseer millones de hectáreas y otro no tenga lo suficiente para darle de comer a sus hijos.
Y abolir definitivamente el artículo de nuestra Constitución Nacional que dice: “el pueblo gobierna sólo a través de sus representantes”. 

Si no nos hacemos cargo de una vez y para siempre de nuestros problemas y nuestras falencias entre todos los argentinos, no podemos seguir esperando que los políticos lo hagan por nosotros, porque ya tuvieron doscientos años y miremos los nefastos resultados.

Para eso hay que apelar a la conciencia, a la honestidad y al patriotismo de todos y cada uno de los argentinos, cosa que inevitablemente en este proceso histórico, en algún momento se va a tener que llevar a cabo.

Hay un ejercicio que propongo para que realicemos todos juntos en este bicentenario y no es exactamente un festejo.

Se trata de recordar con mucho respeto a todos aquellos ciudadanos que desde los distintos gobiernos votados por el pueblo o en las diferentes dictaduras, fueron torturados, secuestrados y/o asesinados en forma vil por los dueños del poder de turno. Mis respetos a todos ellos.

Saludar con admiración a todos aquellos trabajadores, trabajadoras, obreros, obreras que eternamente son explotados por sus patrones y a todos aquellos desocupados y desocupadas que no pueden llevar el sustento a sus hogares; a los campesinos, peones de estancias, que obligados se levantan al alba para engordar el ganado del estanciero terrateniente.
Y finalmente una dedicación especial a nuestros amados Pueblos Originarios.

"Ay Patria mía" -dijo Manuel Belgrano hace casi doscientos años-… yo me hago eco de sus palabras hoy.

Este artículo fue publicado originalmente en el site Columna Opuesta.






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