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En 2014, el lulismo sólo pierde de sí mismo


Es la tamaña la influencia del lulismo y su relativa disidencia, que si sumara los votos de gubernistas y ex-gubernistas, garantizaría la victoria en la primera vuelta.

 
Bruno Lima Rocha, 28 de octubre 2013

La carrera electoral de 2014, cuando tendremos la nueva elección presidencial en el Brasil, ya está comenzando. El aliado histórico del PT, el Partido Socialista Brasileño (PSB, que sería algo así como social-liberal en su práctica política) ya salió del gobierno de Dilma y reproduce la misma táctica en todos los gobiernos estaduales. Así, la imaginación de la derecha que no está en el gobierno queda al descubierto con la posibilidad de una ruptura de la alianza. Esto va a suceder, pero el fenómeno inusitado es romper el pacto político y no el Lulismo. Entiéndase, “lulismo” es un estilo de gobierno en el país que atiende parcialmente las demandas sociales de las mayorías y estas mejoras materiales no son publicitas como conquistas de la gente y sí como realizaciones de gobierno. Con eso, la lealtad queda para Lula y sus herederos, sean fieles o disidentes. Tal es el caso de la ex-ministra del Medio Ambiente Marina Silva (ahora en el PSB); del gobernador de Pernambuco Eduardo Campos (también del PSB) y de la propia ex-ministra jefe de la Casa Civil y antes ministra de las Minas y Energía, Dilma Rousseff. Los números comprueban lo que afirmamos arriba.

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La encuesta divulgada por el Instituyo Datafolha (perteneciente  al Grupo Folha, que edita el poderoso periódico Folha de São Paulo) revela una situación impar en la política brasileña. Es la tamaña la influencia del lulismo y su relativa disidencia, que si sumara los votos de gubernistas y ex-gubernistas, garantizaría la victoria en la primera vuelta. Tamaña ventaja trae un nuevo paradigma al país, donde por un lado, la agenda social entra como elemento de primera línea, por encima de las propuestas modernizadoras. La contrapartida, como vengo escribiendo hace años en esta publicación, es el fenómeno del discurso lavado, cuando ex-militantes más a la izquierda, de tanto gobernar por la derecha, se confunden con los antiguos adversarios, ejecutando con maestría la triste tarea de ser élite dirigente de otra clase dominante. 


Caben algunas interpretaciones conceptuales aquí. Para muchos analistas, se trata de una situación conocida en algunas escuelas como la confluencia entre clase reinante (provisional) y clase dominante. En situaciones límite, como en las protestas de junio de 2013 en el Brasil, la capa reinante  -dirigente - opta por defender a la fracción dominante, aunque supuestamente lo haga en nombre de la mejora colectiva. Prefiero separar el concepto de formación social de clase dominante y de élite dirigente, casi siempre transitoria, aunque comandando el Estado. Así lo fue en el periodo de las dictaduras militares latinoamericanas y ahora ocurre con los gobiernos llamados de centro-izquierda no clasista. Si el tope de la pirámide social no fuera tan racista e influenciado por los medios corporativos, en vez de la repulsa a Lula y su herencia, el ex-dirigente sindical debería ser reverenciado por quien domina el país. Nunca antes en la historia del país los bancos, las constructoras, el agro-negocio sumado al latifundio y el comercio ganaron tanto dinero. El efecto electoral se nota en la base de la pirámide, con la expansión del crédito para el consumo y el empleo formal. 

 

Este dato de realidad es verificable en la investigación citada, por más que sean cuestionables algunos indicadores para medir la opinión transitoria. En la simulación de Dilma concursando con Marina (supuestamente dentro del partido PSB) y Aécio Nieves (PSDB, el mismo partido de Fernando Henrique Cardoso, siendo que Aécio es nieto de Tancredo Nieves, tradicional político minero y artífice de la transición de los años ‘80), la actual presidente tiene el 39% de las intenciones de voto, seguida por la ex-ministra del Medio Ambiente de Lula, con 29%. Ya en el escenario con el gobernador Eduardo Campos concursando por su pártido, Dilma tendría 42%, estando el tucano (apodo de los afiliados al PSDB) minero (apodo de quién es natural del estado de Minas Generales) con 3el 21% y el pernambucano el15%. Por fin, las simulaciones donde el candidato tucano no es el nieto de Tancredo Nieves, pero lo es el ex-gobernador paulista José Serra, el PSDB no pasaría del 25% en el mejor de los escenarios. 


Si retornáramos a las elecciones presidenciales de 2002, veremos que en el mismo pleito en que Lula lanzó la Carta al Pueblo Brasileño, dictando las bases para el futuro Consenso de Brasilia, estaba montado el segundo turno del campo de alianzas rumbo a la gobernabilidad, cuando tanto el PSB como Ciro Gomes adherían a la campaña de Luiz Inácio. En el inicio del cuarto año de su primer gobierno, el ex-presidente del Sindicato de los Metalúrgicos de Son Bernardo cosechaba los frutos electorales por la masa de incluidos en la sociedad brasileña. Compartiendo los logros, estaban el partido de Eduardo Campos y la entonces petista (del PT) Marina Silva. 

 

La paradoja es de doble vía. Por un lado, se está acabando la derecha política en el Brasil, al menos la declarada y con capacidad de recibir volumen considerable de votos. Por otro, la izquierda ideológica tiene ínfima presencia en las urnas y depende de opciones no electorales, como fue verificado en junio último con las manifestaciones populares. Frente a estas alternativas, el año que viene el lulismo sólo pierde de sí mismo, pues tanto Dilma como los disidentes pelearán por el legado de la inclusión social sin conflicto de clases.






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