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Irán, EE.UU. y la política de pesos y contrapesos


Por primera vez en 35 años hubo una posibilidad real de distensión entre la superpotencia global y la potencia regional persa.

Bruno Lima Rocha, 02 de diciembre 2013

El domingo 24 de noviembre de 2013 representantes de los Estados Unidos, otras cuatro potencias nucleares (Rusia; Inglaterra, Francia y China) y Alemania, llegaron a un acuerdo junto a la diplomacia iraní, alcanzando un nuevo nivel en el Sistema Internacional. Por primera vez en 35 años hubo una posibilidad real de distensión entre la superpotencia global y la potencia regional persa. Al aceptar plenas condiciones para que la Agencia Internacional de Energía Atomica (IAEA) tenga libre tránsito en su territorio, la cancillería de Hassan Rouhani garante el mantenimiento de las investigaciones científicas y aleja el riesgo del inminente conflicto bélico.

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Después del fiasco del bombardeo no realizado contra las bases del gobierno de Assad en Siria, el Departamento de Estado bajo el mando de John Kerry consigue una relevante victoria puntual. Un Irán fuerte y con condiciones de resurgimiento económico luego de la suspensión parcial del bloqueo es fundamental para la política de pesos y contrapesos en la región.

 

El primer contrapeso es estratégico. No es del interés de los Estados Unidos que la Rusia de Vladimir Putin tenga –de forma permanente– al Irán (chíita y teocrático) como socio preferencial en la región. Tal alianza subordinaría Teherán a Moscú y reforzaría la posición rusa de reconstrucción de la Comunidad Euroasiática (incluyendo estados musulmanes ex miembros de la Unión Soviética). Un Irán con política exterior independiente es un freno para el expansionismo de Putin. Por más distante que sea del ideal liberal-democrático, el Estado persa es un pívot geopolítico relevante y opera como factor de cohesión y estabilidad para el mundo islámico.

 

Ya el segundo y tercer contrapesos son más delicados. Estados árabes despóticos aliados de los EE.UU. como Arabia Saudita y Qatar transfieren recursos millonarios en apoyo a los integristas sunitas en Siria e Irak. Tales facciones de Al-Qaeda están en conflicto directo con la Guardia Revolucionaria iraní y Hezbollah (chíita libanés), los dos últimos soportes del gobierno del clan Assad. Un Irán fortalecido implica en la reducción del doble juego de estas monarquías, que al mismo tiempo que son aliadas comerciales de los EE.UU. también apoyan –como financiadoras– las redes terroristas que estos combaten en su “guerra contra el terror”. Por fin, el tercer contrapeso ya fue manifestado por el gabinete de Netanyahu, clasificando el acuerdo como “error histórico”. Tel Aviv teme que la política exterior de los Estados Unidos no tenga más –paulatinamente– una alineación automática de la superpotencia con Israel.

* Bruno Lima Rocha es politólogo (phd), profesor de relaciones internacionales y periodista profesional.






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