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Obama, trayectoria y etnia


El politólogo de Columbia pasó por todos los filtros necesarios para el stablishment estadounidense de base moral puritana.

Bruno Lima Rocha, enero de 2009

La elección de Barack Hussein Obama puede ser analizada a través de varios factores. Uno de ellos, esencial para comprender el significado de esta victoria, es la relación entre etnia y democracia. El factor de la novedad y de la descendencia y pertenencia étnica de Obama. El 44º presidente de los Estados Unidos de América refleja en su victoria una carga de simbolismo mayor que la realidad de los caminos que ha recorrido. Es el primer negro (afroamericano) en el cargo más poderoso del mundo. Pero, como todo líder estadounidense, recorrió los ritos de pasaje para el cargo, cumpliendo al menos con cinco papeles tradicionales.

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El ex–editor de la Harward Law Review es alguien que pasó por el filtro de dos de las ocho universidades de elite que componen la Ivy League (Columbia, Brown, Princeton, Harvard, Yale, Cornell, Dartmouth y la Universidad de Pennsylvania). Constituyó una familia afroamericana y no multirracial, casándose con una mujer que tiene diplomas tan importantes como los suyos. Su carrera política, aunque venga del trabajo de base, pasó por elecciones distritales a través del sistema bipartidista oficial. Como hombre de fe, profesa una religión de base cristiana y monoteísta. Su trayectoria es de “vencedor” (winner) y no de “heredero” o “fracasado”. Se trata de un hombre que alcanzó la movilidad social a partir de su capacidad intelectual y su dedicación al colectivo.

Su juventud personifica al melting pot de ciudadano del mundo, con fuertes raíces liberales. Como activista político es un típico integracionista afro-americano. Al organizar comunidades pobres de mayoría negra, el actual presidente de los EE.UU. se afilia a una tradición de lucha por los derechos civiles del Partido Demócrata. El pragmatismo de las decisiones y el tránsito entre diferentes estratos sociales es una toma de posición. Su elección representa una doble derrota, tanto de la “América profunda y racista” como de las opciones radicales de las minorías sobrevivientes en los Estados Unidos. La elección de Obama representa la victoria de Martin Luther King sobre Malcom X.

Para las relaciones raciales en las Américas, lo que existe de transformador en esta victoria es la carga simbólica. Para el gran público, un presidente negro en los Estados Unidos significa el fin del racismo estructural. Sin embargo no es así. En el país con más de 2,3 millones de presidiarios, el 11% de los hombres negros entre los 20 y los 35 años habitantes de ese territorio han pasado por la cárcel. Los afro-americanos equivalen al 13% de la población total de los EE.UU. pero son el 37,5% de la población carcelaria.

Y en lo que respecta a Obama, no estamos hablando de un artista, atleta o “celebridad”. Se trata de un abogado y político de actualidad, representando a la parcela demócrata de la misma fracción de clase a la cual pertenecen operadores tales como Condoleezza Rice, Colin Powell y Roger Ferguson. Él personifica tanto a un poderoso mercado de consumo como a la capacidad de la sociedad norteamericana de incorporar nuevas elites dirigentes.

Obama es un “típico” personaje estadounidense.






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